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ASUMIR EL COMPROMISO DE LA TRANSFORMACION

Por Marcela Morali
Secretaria de Redacción de "El Periódico de los Administradores Federales de Ingresos Públicos". Licenciada en Ciencia Política. Magíster en Sociología Política. Investigadora IEFPA. Profesora Adjunta de la asignatura "Teoría Política y Social" en la Maestría en Finanzas Públicas IEFPA - UNLM

1 - El contexto general. Estado Mercado y Sociedad Civil. 

Las naciones modernas se componen de tres elementos esenciales: el Estado, el mercado y la sociedad civil. Esta última se encuentra conformada por diversas organizaciones tales como ONGs, asociaciones vecinales, entidades gremiales, fundaciones, clubes barriales y también instituciones cooperativas y mutuales, todas las cuales constituyen las llamadas "organizaciones del Tercer Sector".

Con respecto a la relación entre los tres ámbitos mencionados puede afirmarse que en los países con sistemas democráticos consolidados, en general el Estado actúa como instrumento mediador, regulador de los intereses particulares o sectoriales con el fin de responder a un interés superior que es el interés común.

Por el contrario, en los países con sistemas democráticos más débiles el Estado ha sido históricamente cooptado por diversos sectores dominantes quienes, habiéndose apropiado de sus instituciones, sus procesos de decisión y/o sus mecanismos de regulación y control pretendieron -y muchas veces lo lograron- universalizar sus intereses, esto es, identificar sus intereses y demandas particulares con el interés general, con los previsibles costos que las políticas implementadas en esta dirección tuvieron para el resto de la sociedad. 

Sin dudas, en la última década el neoliberalismo profundizó este proceso, logrando arrebatar a la sociedad civil el control del Estado para ponerlo al servicio del mercado (fundamentalmente los dueños locales y extranjeros del capital financiero especulativo).

Una de las consecuencias más nocivas de este proceso de retirada del Estado no sólo de múltiples funciones (empresariales, reguladoras, etc.) sino también de enormes responsabilidades (sociales, laborales, previsionales), ha sido precisamente ese despojo en que se ha sumido a los ciudadanos. Sin el principal mecanismo de mediación de los conflictos, los individuos se enfrentan entre sí directamente, creándose un terreno (de lucha al estilo hobbessiano de todos contra todos) en el cual lógicamente triunfan los más fuertes.

Si bien el ámbito público no debe reducirse a / confundirse con el aparato estatal, lo cierto es que en la medida en que se reduce el espacio de lo público, donde la condición de ciudadanía garantiza la igualdad ante la ley, crece el ámbito de lo privado donde se originan y reproducen las desigualdades.

En este contexto (avance del mercado, retiro del Estado, además de la crisis de los partidos políticos, y la pérdida de credibilidad social de la clase dirigente), es evidente que si existe algún potencial de transformación en el sentido de una democracia más sustantiva o inclusiva, -y estamos seguros de que ese potencial existe-, el mismo sólo (o, principalmente) puede encontrarse en el seno de la sociedad civil. En la multiplicidad de organizaciones que más allá de sus demandas y acciones específicas, más allá de la diversidad de formas y la pluralidad de ideas, convergen en una práctica común que podría resumirse como un proceso de construcción de ciudadanía.

En la medida en que los individuos (sea en el marco de organizaciones educativas, hospitalarias, medioambientales, de consumidores, etc.) se entrenan en la práctica de ejercitar sus derechos y no sólo de cumplir con sus obligaciones, se genera un movimiento de afirmación (asumir responsabilidad sobre el propio destino) que sin dudas activa y realiza el potencial democrático.

Esto no significa que las organizaciones sociales puedan ni deban reemplazar a los partidos políticos o al Estado. Por el contrario, su gran desafío es articular permanentemente con ellos. Intermediar entre el ámbito social y el político, de manera que la riqueza y la heterogeneidad presentes en la sociedad sean adecuadamente agregadas, articuladas, canalizadas y representadas a través de las instituciones políticas.

De manera que es importante resaltar que la centralidad que han adquirido las instituciones intermedias en la sociedad actual, no tiene que ver solo ni principalmente con la posibilidad de satisfacer necesidades materiales inmediatas de los sectores de menores recursos de la población, sino con la práctica de promover acciones y valores de reapropiación del espacio público.

2. El rol de la AMFEDGI como institución intermedia

La AMFEDGI, que obviamente forma parte de la sociedad civil, es una institución intermedia que tiene como objetivo dar respuesta a las necesidades colectivas -materiales e inmateriales- de sus miembros.

En este sentido, su accionar ha estado siempre guiado por necesidades y demandas identificadas por sus asociados, por lo cual la Asociación sólo se concibe a partir de la participación de ellos.

En la faz económica, la Mutual constituye un espacio de articulación entre demandantes (afiliados) y oferentes (proveedores) de bienes y servicios en todas las jurisdicciones del país. Actuando en el marco de lo que se conoce como economía social, la Asociación representa una herramienta capaz de organizar el consumo y fomentar el desarrollo al facilitar el acceso a bienes y servicios por parte de sus asociados en forma colectiva, lo cual sin dudas representa una ventaja con respecto a la alternativa de conducirse en forma individual.

De esta forma, y esto abarca también el ámbito social, la asociación intermedia realiza precisamente una "mediación" entre el individuo y el Estado, generando un espacio si no alternativo, por lo menos complementario al del mercado para la satisfacción de algunas necesidades. En un contexto de profundas desigualdades como el actual, un accionar colectivo basado en la solidaridad es un poderoso mecanismo para brindar protección a las personas y contrarrestar las consecuencias más nefastas del modelo socio-económico vigente.

3. La AMFEDGI en la actualidad

Ahora bien, la grave crisis que está atravesando nuestro país -inmerso, además, en un contexto internacional sumamente complejo-, exige, tanto para los individuos como para las instituciones, un replanteo de los modos tradicionales de hacer y de pensar.

De manera que, en consonancia con las profundas transformaciones que se están produciendo, la AMFEDGI se ha propuesto transitar una nueva etapa, que más allá de la incorporación de tecnología y la modernización de la gestión, se caracterice por el hecho de asumir un mayor compromiso y responsabilidad social. Y ello implica, más allá de mejorar la cantidad y calidad de las prestaciones que brinda a sus miembros, involucrarse y ejercer un rol más activo en los procesos de toma de decisiones, elaboración de proyectos y puesta en marcha de programas que involucran cuestiones públicas o comunitarias.

Es en este contexto que se han comenzado a crear algunas Comisiones especiales para estimular la participación de los funcionarios de la Administración Tributaria no sólo en el ámbito técnico de las Finanzas Públicas, sino y principalmente, en las áreas social, ambiental, cultural y recreativa.

Pero lo que debe destacarse en esta etapa es que el valor intrínseco que posee la participación de cada uno de los afiliados (con sus opiniones, sus propuestas, sus críticas, sus acciones) es irreemplazable. Ninguna política institucional podrá realizarse cabalmente si los individuos que forman parte de la organización no se sienten verdaderamente convencidos de la necesidad de trabajar en ella.

4 - ¿Es posible pensar la transformación?

Relacionando esta última idea con el análisis del contexto social más amplio al que hicimos referencia inicialmente, es importante reiterar la importancia que tienen las acciones y las prácticas concretas que cada individuo lleva a cabo.

Frente a la crisis de régimen, de sistema, de dirigentes, de instituciones, la alternativa no es la queja estéril sino la construcción de otro orden, de otras estructuras, de otras propuestas. Pero esto requiere un absoluto compromiso de todos y cada uno de los ciudadanos que anhelan una transformación. Si muchas veces los mismos individuos que nos sentimos perjudicados por un determinado status quo (no sólo a nivel de la política nacional sino de una disposición local o la actuación de una asociación vecinal) no asumimos la responsabilidad y el compromiso de actuar para el cambio, no podemos esperar que quienes se benefician con ese estado de cosas lo hagan por nosotros.

La lucha por cambiar el país o la sociedad en la que vivimos, está directamente relacionada con la capacidad de materializar la propia transformación (sería facilista, además de hipócrita, reclamar de los dirigentes, las instituciones, los políticos, etc. conductas y valores que nosotros mismos no estamos dispuestos a asumir en nuestro cotidiano).

En otras palabras, la lucha actual por cambiar las condiciones que podríamos llamar "objetivas" (sociales, económicas y políticas) está íntima y necesariamente vinculada con un cambio en la propia conducta y actitudes de cada persona.

Y en este sentido, como decíamos antes, en las últimas décadas las organizaciones de la sociedad civil han jugado -y continúan jugando- un rol fundamental: el de la intermediación entre el individuo y el Estado, entre lo privado y lo público, entre lo particular y lo general.

Porque lo que han traído de nuevo estos actores sociales no son tanto sus prácticas (dar de comer a los niños carenciados, prevenir el delito en los adolescentes, denunciar los casos de violación de los derechos humanos) como el sentido que las ha orientado, el cual tiene que ver con generar una identidad y un reconocimiento de sus miembros como sujetos de derechos.

Y este sentido no sólo no reniega de la política sino que la refuerza y la relegitima como arena de articulación de demandas, de canalización de los conflictos y como lugar de construcción de un nuevo orden.

Para finalizar, vale la pena hacer referencia a un texto que está siendo difundido por un conjunto de organizaciones de la sociedad civil, titulado "De nosotros depende". En él se manifiesta que lo único que puede restaurar los valores en la Argentina es la acción.

Y esto puede llevarse perfectamente a nuestro ámbito institucional. Cada miembro de la Mutual -desde sus diferentes grados de responsabilidad- puede decir diferentes cosas, manifestar distintas opiniones y expresar diversos puntos de vista. Pero lo único que dará sentido a cada uno de los términos y a cada uno de los valores implicados en aquellos, será la acción que cada uno esté dispuesto a realizar en absoluta correspondencia con sus palabras.

 

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