Pensar para Vivir Mejor:

"La sabiduría consiste en amar la vida"

Reportaje a André Comte-Sponville

André Comte-Sponville (París, 1952) Filósofo francés y miembro del Comité Consultivo Nacional de Ética Francés desde marzo de 2008.

Para este filósofo francés la filosofía se reduce a una sola pregunta: ¿Cómo he de vivir? Como buen discípulo de Montaigne, no ha hecho sino intentar responder de varias maneras. Por Gabriel Arnaiz

Comte-Sponville es un seductor. Le entrevisto en Madrid, aprovechando la presentación de su último libro, Ni el sexo ni la muerte. Con su atuendo impecable, su exquisita educación y esa pasión que transmite al hablar, es capaz de hacerte creer que lo que trata contigo en ese momento es lo más importante del mundo. Este antiguo profesor de la Sorbona sabe que tiene que seducir a su interlocutor y pone todo su empeño en conseguir que su oyente o su lector amen la filosofía como él la vive: como un instrumento que nos ayuda a vivir mejor y que nos hace la vida más llevadera. No me extraña que los que no son filósofos (especialmente si son mujeres) caigan rendidos ante sus argumentos: es imposible resistirse.

¿Por qué tendríamos que filosofar? 
No se trata de un deber moral, sino de una necesidad. La vida es tan difícil que tenemos necesidad de utilizar nuestra inteligencia para vivir un poco mejor. A fin de cuentas, ¿qué es la filosofía? Es el esfuerzo por pensar. Pensar mejor para vivir mejor. Y por eso tenemos necesidad de filosofar. Alain decía: “Lo contrario de la sabiduría es exactamente la estupidez”. O dicho de otra forma, el amor a la sabiduría (la filosofía) consiste en intentar vivir de manera un poco menos estúpida, un poco más inteligente para ser más felices. Uno se convierte en filósofo porque se descubre más dotado para el pensamiento que para la vida. Cuando esto sucede, normal que uno ponga su pensamiento al servicio de su dificultad para vivir.

¿Y cómo puede la filosofía ayudarnos a vivir mejor?
 
En primer lugar, tomando distancia frente a nuestro pequeño yo. Se trata de intentar pensar la verdad. La verdad no es un sujeto, no eres tú, no soy yo. El pensamiento verdadero (o parcialmente verdadero) es una especie de descentramiento respecto al yo. Y es también una lección de lucidez: creo que somos infelices porque le pedimos a la vida cosas que no puede proporcionarnos. Y luego está la tendencia espontánea de reprocharle que no satisfaga nuestras esperanzas. La vida no es lo que nos gustaría que fuese. Si la filosofía nos enseña algo es que, si la vida no se corresponde con nuestras esperanzas, no es por culpa de la vida, sino de lo infundado de nuestras espectativas. La filosofía nos enseña a esperar un poco menos y a actuar, y a amar, un poco más. Porque, en el fondo, la esencia del hombre es el deseo.

¿Y qué podemos hacer con ese deseo?
Depende. Hay tres formas de deseo: la esperanza, la voluntad y el amor. ¿Qué diferencia existe entre la esperanza y la voluntad? Que la esperanza es un deseo cuya satisfacción no depende de nosotros (como decían los estoicos), mientras que la voluntad sí. Se comprende que hay más felicidad en el hecho de desear lo que depende de nosotros y hacerlo (porque querer es actuar) que en desear lo que no depende de nosotros, que solo nos lleva a esperar y a temer. Como dice Spinoza, “no hay esperanza sin temor, ni temor sin esperanza”. La clave está en desear lo que uno hace y en hacer lo que uno desea. Es lo que yo llamo la felicidad en acto. En el fondo, se trata de esperar un poco menos y actuar un poco más. Entre la esperanza y el amor la diferencia es que la primera es un deseo que se dirige a lo que no existe, a lo irreal, mientras que el amor es un deseo que se dirige a lo que existe, a lo real. Se espera solo lo irreal, pero se ama lo real. Es fácil comprender que hay más felicidad en desear lo que existe (es decir, en amar) que en desear lo que no existe (es decir, en esperar y, por lo tanto, en temer). No se trata de prohibir la esperanza, sino de aprender a actuar y a amar. Aprender a actuar es el mensaje del estoicismo, que es una sabiduría de la acción. Aprender a amar es el mensaje del epicureísmo, de Spinoza y se podría decir que también de los evangelios. Ahí están las dos raíces de la sabiduría de Occidente (que en Oriente serían el taoísmo y el budismo). Esperar un poco menos, actuar y amar un poco más: eso es lo que la filosofía nos ayuda a comprender y finalmente a practicar. 

En su último libro usted distingue tres tipos de amor. ¿Podría explicarnos la diferencia entre cada uno de ellos?
Desde el Pequeño tratado de las grandes virtudes tengo la costumbre de distinguir entre tres tipos de amor, que designo con los tres nombres griegos que los antiguos dieron a estos tres amores: eros, la pasión amorosa; philia, la alegría de amar, que normalmente se traduce por amistad; y finalmente agape, el amor de caridad o amor al prójimo. La pasión amorosa es el amor según Platón, tal como lo cuenta en El banquete. Como él dice, el amor es deseo y el deseo es lo que falta. Estar enamorado significa descubrir que alguien nos falta terriblemente, que ya no podemos vivir sin esa persona. Y se intenta seducirla. Eso puede suceder o no. Si no sucede, la falta continúa y aparece el “mal de amores”. Si al final se consigue seducir a esa persona, podrán vivir juntos, tener hijos... A fuerza de compartir cama y vida todos los días, la persona que faltaba cada vez falta menos. Si el amor surge como deseo de lo que falta, al vivir juntos, ya no hay falta, y tampoco amor. Conclusión: la vida en pareja acaba con la pasión amorosa. Es verdad que lo que uno quiere a los 16 años es la pasión amorosa, pero no hay ni un solo filósofo que diga que eso es posible. Es preciso decir la verdad: si amas la pasión amorosa, no vivas en pareja. ¡Para que una pareja pudiese durar años tendrían que verse una vez al mes! 

¿Acaso no hay parejas felices?
 La experiencia nos dice que sí. Pero si esta pareja feliz existe no es porque haya encontrado el secreto para que la pasión amorosa dure indefinidamente, sino porque ha inventado (o reinventado) otra forma de amar. Ya no será eros, sino philia, amistad. Ya no es el amor según Platón, es el amor según Aristóteles: “Amar es alegrarse”. No es el amor como falta, sino el amor como alegría. Spinoza dirá que “el amor es una alegría que acompaña la idea de una causa exterior”. Es eso lo que os hace feliz ahora: la existencia gozosa. Es mejor alegrarse que padecer la ausencia. No se trata de menos amor, sino de más. Es lo que yo llamo el amor-acción. Si pregunto: ¿quién es tu mejor amigo? Es la persona que mejor te conoce y te quiere, la persona a la que más quieres y que mejor conoces. En mi caso, la mujer que comparte su vida conmigo. Ninguna otra persona me concede el honor de vivir conmigo todos los días. La persona que mejor conozco y que más quiero, con la única excepción de mis hijos, es esta mujer que comparte lecho conmigo. Si alguien dice que, después de 20 años, sigue amando a su mujer igual que al principio, miente. Amar no es echar en falta a alguien, amar es alegrarse por la existencia del otro, por la presencia del otro. Imagine que alguien tiene una pareja desde hace mucho tiempo ­y le dice: “Cariño, hace 15 años que vivimos juntos y sigo enamorado de ti como el primer día”. Es bonito, pero falso. Es una mentira piadosa. La mentira, incluso la piadosa, es siempre inquietante. Por favor: en el próximo San Valentín, díganle a sus parejas: “Cariño, hace 16 años que vivimos juntos. Y en todo este tiempo, la principal causa de alegría en mi vida es que tú existes”. Es una declaración de amor posiblemente cierta y conmovedora. Cualquier chaval de 15 años puede enamorarse, eso puede hacerlo cualquier idiota. Es fácil amar lo que a uno le falta, pero alegrarse por lo que existe, eso es mucho más difícil. Y yo creo que nuestras parejas serán más felices con esta verdad (aunque no se lo haya dicho nunca) que con algo que no sea cierto.

Entonces, ¿nuestro mejor amigo es siempre nuestra pareja?
Buena pregunta. ¿Quién es tu mejor amigo? ¿Es tu pareja? ¿Alguien que conoces desde hace 10 o 15 años? La pregunta fundamental es: ¿A quién conoces mejor: a tu amigo hombre o a tu compañera? Con ella haces el amor. Hacer el amor con alguien no es la única forma de conocimiento, pero es una forma de conocimiento importante; de hecho, se suele decir que no se conoce a alguien hasta que uno no se acuesta con él. Del amigo conoces sus ideas y su posición política, pero no sabes cómo hace el amor. Sin embargo, de la pareja conocemos sus ideas, sus opiniones políticas y hasta el menor de sus gustos y, además, sabemos cómo hace el amor. Es la persona que conocemos más y mejor, por tanto, es nuestro mejor amigo. Si pienso en mi mejor amigo hombre (al que quiero mucho y con quien no tengo sexo), lo es pero solo después de mi mujer. Quiero más a mi mujer que a mi amigo, porque a ella la conozco más y mejor (y ella a mí). Mi mejor amigo no me conoce del todo. La amistad en la pareja no es una simple amistad, es una amistad en un sentido mucho más fuerte. Cuando digo que la pareja es una amistad (como decía Aristóteles), hay que entender esa amistad en un sentido similar a como cuando digo “mi mejor amigo”. No es una relación vaga, es un sentimiento mucho más fuerte que no se vive desde la falta, sino desde la alegría y el goce.

¿Y dónde queda el amor por los hijos?
 
 El amor más fuerte que yo he vivido no es el amor de los amigos, ni la pasión amorosa, ni el amor conyugal; es el amor por los hijos. ¿De qué amor se trata? No es eros, porque nuestros hijos no nos faltan, están ahí. Sí es philia, porque la existencia de nuestros hijos nos alegra, pero es una amistad muy particular, porque es el único amor incondicional. Una noche, mi hija mayor de seis años me preguntó: “¿Podría haber algo que yo pudiese hacer para que tú me quisieras menos?” Y yo le respondí con sinceridad: “Escucha ­–le dije–, no encuentro nada que pudieses hacer para que yo te quisiera menos. Es imposible. Mi amor por ti es incondicional”. Imaginemos un hijo que matara a su hermano pequeño; para los padres sería un doble drama, pues amarían al hijo muerto y también al hijo asesino que acabará sus días en prisión. El amor de los padres es incondicional, como el amor de caridad. La caridad, en el sentido cristiano, consiste en amar al prójimo no porque sea pobre o simpático, o porque haga tal cosa, sino que consiste en amarlo sea quien sea, haga lo que haga, incluso aunque se porte mal conmigo. La diferencia fundamental entre el amor de los padres y el amor de caridad es que es el amor parental es incondicional, pero condicionado: le quiero porque es mi hijo. En cambio, el amor de caridad es un amor incondicional y no condicionado. Por eso, no estoy seguro del todo de que exista el amor de caridad, pues no tengo ninguna experiencia de un amor incondicional y no condicionado. Es más un ideal que una experiencia. El amor de caridad no brilla más que por su ausencia, mientras que el amor de los padres es una experiencia cotidiana. En el fondo, amar es temblar, porque tenemos miedo de perder lo que nos alegra.

Pero los hijos a veces pueden ser también un engorro. Usted mismo ha dicho alguna vez que es muy difícil ser al mismo tiempo buen padre y filósofo. 
Voy a contarle una anécdota. Al final de una conferencia me dijo una mujer: “Tiene usted razón en todo lo que dice, pero cuando se tienen hijos, todo esto no funciona”. Y es que cuando uno tiene hijos tiene miedo de que se pongan enfermos, espera que tengan buena salud, etc. Y yo le respondí: “Tiene usted razón, señora, pero no es una razón para no tenerlos”. ¿Por qué se tienen hijos? Porque la vida es más preciosa que la serenidad y que la sabiduría. Si lo que más ama uno es la serenidad, entonces lo mejor es no tener hijos. Pero si, por el contrario, uno ama más la vida que la serenidad, entonces merece la pena tenerlos. La vida es más preciosa que la sabiduría: eso es la sabiduría para mí. El amor de la sabiduría (eso que se llama filosofía) no es la sabiduría. La sabiduría no consiste en amar la sabiduría, sino en amar la vida tal como es: feliz o infeliz, sabia o estúpida. Y por supuesto, ninguna vida es feliz o sabia por completo: esa es la sabiduría de Montaigne. Y por eso yo amo la vida. A menudo digo que no se trata de amar la felicidad (cualquier idiota puede amar la felicidad, para eso no hace falta la filosofía), ni de amar la sabiduría (cualquier filósofo es capaz de amar la sabiduría), sino de amar la vida. Esta sabiduría desilusionada de sí misma es la única que me importa. Y eso es lo que se aprende al tener hijos y al perderlos trágicamente: que la vida es más preciosa que la sabiduría, que lo que le da sabor a la vida no es la serenidad, sino el amor. Y peor para nosotros si el amor nos hace sufrir; somos seres mortales, seres frágiles. El mejor amigo (ese que yo quiero más) no suele ser el más sabio, el más sereno, el más generoso o el más simpático; a veces es simplemente el más frágil. Valorar más la vida que la sabiduría es la única sabiduría que a mí me importa.

 ¿Cómo podría la filosofía ayudarnos a afrontar la muerte? 
No puede hacer nada, y eso está bien. Si lo que se quiere es consuelo, habrá que acudir a la religión. No hay que pedirle a la filosofía que reemplace a la religión. Se le puede pedir a la filosofía que nos ayude a prescindir de la religión, pero eso es otra cosa. Precisamente porque la religión nos consuela tan eficazmente es sospechosa de ser una ilusión. Dice Nietzsche: “La fe salva, por lo tanto, miente”. ¿Qué quiere decir esto? Lo explico en El alma del ateísmo. Una de mis razones para ser ateo es precisamente que prefiero que Dios exista. ¿Qué es lo que más deseamos? No morir (o no morir totalmente), resucitar, reencontrarnos con los seres queridos que hemos perdido y, sobre todo, ser amados. ¿Y qué nos dice la religión cristiana? 1) Que vamos a resucitar; 2) que nos encontraremos con nuestros seres queridos; y 3) que Dios nos ama con un amor infinito. Un amor que se corresponde de manera tan perfecta con nuestros deseos me hace preguntarme si no habrá sido inventado para satisfacer este deseo. O dicho de otra forma: nos encontramos con la lógica de lo que Freud llamó una ilusión: una creencia derivada de los deseos humanos. Nos hacemos ilusiones porque nuestro deseo es muy fuerte. Ninguna creencia es tan sospechosa de ser ilusoria como la creencia en Dios. Lo que hay que saber es si soy feliz con la religión. La filosofía consiste en buscar la felicidad, pero a través de la verdad. Renunciar a la lucidez por la felicidad no es filosofía, es otra cosa.

¿Y qué le diría a quienes se les ha muerto hoy mismo un ser querido, un hijo, y no tienen el consuelo de la religión? 
Dos cosas. Uno: su hijo ya no sufrirá nunca más. No es un consuelo, pero algo calma. Lo que me apaciguó cuando murió mi hija de seis semanas es que el sufrimiento era para su madre y para mí, pero no para ella. Y dos: ese horror no durará eternamente; tú también vas a morir. Es paradójico, pero oponemos la nada de la muerte (para Epicuro la muerte no es nada) al sufrimiento de la vida. Cuando la vida es atroz, el hecho de saber que el que ha muerto ya no sufre más es un consuelo al menos parcial, así como saber que uno mismo no sufrirá eternamente. Es una especie de sabiduría universal que todo el mundo conoce. Cuando se acaba de perder a alguien muy querido uno tiene la sensación de que nunca más podrá ser feliz, pero al cabo de unos meses descubre que la alegría vuelve poco a poco. Es lo que se conoce como el trabajo de duelo. ¿Sería yo más feliz si mi hija no hubiese muerto? La pregunta es absurda. En este momento soy tan feliz como cualquier otra persona que no ha perdido a un hijo. El último consuelo consiste en saber que el tiempo cura las heridas y que la alegría es posible. Es una especie de paz: ella no sufrirá más, yo no sufriré eternamente y la alegría es posible.

Dejamos ahí la conversación (yo tenía que coger el tren de regreso al sur). En el camino de vuelta no dejaba de preguntarme cómo es posible que haya gente que piense que la filosofía no sirve para nada.

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